La Mari y Pepe A escasos kilómetros de mi ciudad todavía existen lugares donde el tiempo parece haberse quedado quieto. Lugares que no salen en campañas de turismo ni en vídeos rápidos de redes sociales. Sitios donde las puertas aún se abren antes de llamar y donde la conversación sigue teniendo más valor que la prisa.Allí, en uno de esos pequeños pueblos que forman parte de esa España vaciada de la que tanto se habla y tan poco se comprende de verdad, viven Mari y Pepe. Todos los años, cuando hacemos el camino hacia Covadonga, hay una parada que nunca negociamos: su casa. Porque más que una parada, es un regreso. Un pequeño ritual que ya forma parte inseparable de la ruta. Ellos están ahí. Siempre.Esperándonos.Y eso, en los tiempos que corren, tiene muchísimo valor. Mari te abre la puerta con esa naturalidad de quien entiende la hospitalidad no como un gesto extraordinario, sino como una forma de vivir. Su casa huele a pueblo de verdad. A comida hecha sin relojes. A huerta cuidada con...
Hay rutas que uno no hace solo con las piernas. Hay rutas que también se recorren con la memoria. Y esta fue exactamente una de esas. Una jornada que empezó mucho antes de dar la primera pedalada. Porque el simple hecho de coger el tren ya te coloca en otra dimensión. Más todavía si lo haces con un buen compañero de viaje, de esos que saben cuándo hablar y cuándo dejar que uno se quede mirando por la ventana mientras desfilan media vida y unos cuantos veranos. Y por si el día necesitase algún detalle más para arrancar bien, apareció en el vagón una peregrina italiana con la que terminamos compartiendo conversación, risas y ese pequeño momento de comunicación improvisada que, sin saber muy bien por qué, te alegra la jornada desde primera hora. Veintisiete años. Que se dice pronto. Veintisiete años desde que aquellos caminos empezaron a formar parte de mi manera de entender la bicicleta, la amistad y también la libertad. Porque volver allí no es simplemente regresar a un lugar. Es volver...